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Fundadora de las Obras de la Cruz

(ZENIT – 1 mayo 2019).- Mons. Jorge Estrada, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México, antes de realizar más de 80 confirmaciones en la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, en la Colonia del Valle durante esta festividad, se congratuló por la noticia de que el Papa Francisco firmó el Decreto de Beatificación de la mexicana Concepción Cabrera de Armida, “una mujer comprometida con su fe, fundadora de las Obras de la Cruz, entre ellos, de la Congregación Misioneros del Espíritu Santo”.

“Es una noticia muy esperada, sobre todo por los Misioneros del Espíritu Santo y la gran familia de las Obras de la Cruz, a quienes extiendo una calurosa felicitación, y deseo que esto anime a cada uno de ellos en su ministerio y en su dedicación a la Iglesia. Sé que muchos laicos comprometidos encontrarán en ella un modelo de santidad. Yo estuve muy ligado a Alianza de Amor, y me da mucha alegría por todos ellos y por la Iglesia en general”, dijo.

Biografía

Concepción Cabrera nació en San Luis Potosí en 1862 y fue bautizada el 10 de diciembre. Sus padres fueron Octaviano Cabrera y Clara Arias. Fue la séptima entre 12 hermanos. Recibió el sacramento de la confirmación el 5 de mayo de 1866.

Su vocación mística surgió desde temprana edad, y para 1870 ingresó al Colegio de las Hermanas de la Caridad; sin embargo, la familia asumió la responsabilidad de su educación, especialmente su tío Luis Cabrera, quien era Canónigo.

El 8 de diciembre de 1872 hizo la Primera Comunión. Era aficionada a la música, la poesía, el canto y el piano.

El 16 de enero de 1876, en un baile familiar, conoció a quien sería su esposo: Francisco Armida, con quien contrajo nupcias el 8 de noviembre de 1884, un mes antes de cumplir los 22 años de edad. Tuvieron 9 hijos en 17 años, siendo el primero de ellos Francisco, quien nació el 2

En 1889, Conchita Cabrera asistió a un retiro espiritual bajo la dirección del Padre Antonio Plancarte, y comprendió que su misión era salvar almas, y su obra comenzó organizando los mismos ejercicios para 60 mujeres.

A lo largo de su vida tuvo por directores espirituales al padre Alberto Mir, SJ; Félix de Jesús Rougier; Maximino Ruiz, Obispo de Chiapas; Ramón Ibarra, Arzobispo de Puebla; Luis María Martínez, Arzobispo de México.

El Apostolado de la Cruz recibió su primera aprobación canóniga el 3 de mayo de 1895.

En 1895, la familia se trasladó a la Ciudad de México; vivieron en Coyoacán, y el 17 de septiembre de 1901 ella se quedó viuda. Luego murieron sus hijos Pedro, Pablo y Conchita; Manuel había ingresado con los jesuitas.

El 4 de febrero de 1903 conoció al padre Félix de Jesús Rougier, cofundador de los Misioneros del Espíritu Santo.

El 13 de noviembre de 1913 fue recibida por el Papa Pío X, quien otorgó su permiso para que ella fundara la Congregación Sacerdotes de la Cruz con el nombre de Misioneros del Espíritu Santo.

El 3 de mayo de 1897 fundo la segunda de las Obras de la Cruz dedicado a las mujeres: las religiosas de la Cruz del sagrado Corazón de Jesús.

El 3 de noviembre de 1909 fundó la tercera de las Obras: la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús. A estas le siguió la Fraternidad de Cristo Sacerdote.

Concepción Armida falleció el 3 de marzo de 1937, y el 15 de mayo de 1974 sus restos fueron trasladados a la Casa de los Misioneros del Espíritu Santo. Su proceso de beatificación dio inicio el 15 de febrero de 1974.

© Carlos Villa Roiz, Desde la fe

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2:07:00 a.m.

Hechos de los Apóstoles 5, 27-32. 40-41: “Nosotros somos testigos de todo esto y lo es también el Espíritu Santo”

Salmo 29: “Te alabaré, Señor, eternamente. Aleluya”.

Apocalipsis 5, 11-14: “Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza”.

San Juan 21, 1-19: “Jesús tomó el pan y el pescado y se los dio a los discípulos”

¿Dónde ponemos nuestra fe? Parece contradictorio que un mundo de tantos avances, de tanta tecnología, que muchas veces ha criticado las religiones y defiende en sus avances científicos, de repente presente muestras evidentes de supersticiones y fantasías seudo religiosas que vienen a suplantar la verdadera fe cristiana. La “santa muerte”, multitud de ángeles, santos inventados, veladoras, horóscopos y energías, piedras y perfumes, son solamente algunos de los innumerables objetos de un nuevo culto que se basa en exterioridades y que lejos de ofrecer verdadera salvación, esclavizan, enajenan y destruyen la integridad de la persona y de la comunidad. Los textos de estos días nos llevan a buscar a Jesús como la piedra angular sobre la que descanse nuestra fe y nuestra esperanza. Él es el único capaz de dar una salvación integral a cada persona. Resulta hasta ridículo que, dejando este “Nombre”, nos colguemos amuletos y fetiches para protegernos del mal, cuando tenemos el Nombre de quien es nuestra fortaleza. Cristo debe ser el centro de nuestra vida y por eso el Apocalipsis nos presenta a Jesús como el eje de una liturgia celestial donde se alaba y se canta al Cordero Resucitado: “Digno es el Cordero, que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. En el pasaje evangélico, después de una noche de fracasos, de inútil trabajo sin pescar absolutamente nada, Pedro y sus compañeros, al mandato de Jesús, lanzan nuevamente la red y obtienen una pesca milagrosa. Hoy Cristo, vivo y resucitado, se nos presenta como el único camino. Ya hemos errado durante mucho tiempo, ya nos hemos confiando a nuestras propias fuerzas, ya hemos fracasado en la oscuridad de la noche ¿Por qué no nos acercamos a Jesús, nuestra única y verdadera esperanza? Este tiempo de resurrección, Cristo se nos presenta como el único nombre que nos trae salvación integral y plena.

La segunda parte de este texto me parece de una sencillez y una profundidad grandes: “Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan”.  Es el Jesús humano que le da toda la importancia a la comida y se apunta diligentemente a saciar las necesidades de sus amigos. Sentarse juntos en torno a un fuego, a compartir el pan y el pescado, es unión, cohesión, armonía, plenitud de la experiencia humana y abarca la totalidad de lo humano. Jesús ha preparado la comida para sus discípulos en un gesto que manifiesta el perdón y la restauración de aquellas relaciones que la pasión y muerte habían logrado fracturar. Ningún reclamo, ningún reproche, sólo la oferta de pan y unos pescados que sanan las heridas y restablecen la relación. Porque la comida y la participación son experiencias determinantes en la vida de todo ser humano, por eso Jesús, el revelador de Dios, en sus comidas nos da a conocer las dimensiones entrañables de la misericordia y bondad de Dios. Así es Jesús el Resucitado, retoma los aspectos más humanos, supera los fracasos y las traiciones con los signos más elementales. Así debe ser todo testigo del Resucitado: compartir el dolor y el hambre de los más pequeños y desposeídos, superar las divisiones y los rencores basándose en los detalles más pequeños y más humanos, compartiendo la mesa y la palabra con todos. Experiencia de resurrección en torno a una hoguera, compartiendo la Palabra y el pan, con los hermanos. ¿Es así nuestra experiencia de Resurrección?

Al calor de la hoguera y después de compartir los alimentos se pueden hacer las confidencias y las preguntas más íntimas: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” ¿Dudará Jesús del amor de Pedro? ¿Es un reproche por las negaciones en los momentos de la Pasión? La pregunta de Jesús tiene mucha más importancia. No es un reproche, no tendría caso después de haber rescatado una noche de fracasos y después de haber compartido los alimentos, su pregunta va mucho más lejos: las consecuencias del amor. Desde los antiguos profetas hasta Juan el Bautista siempre se ha manifestado que el amor a Dios tiene consecuencias muy concretas en el amor a los hombres: “Apacienta mis corderos”.  No le habla Jesús de lo mucho que tendrá que padecer por su nombre, no le dice que tendrá que sufrir cárceles, sino que la consecuencia de amar a Jesús va en relación directa con el cuidado y la atención a las ovejas. De la misma manera que Jesús es Pastor, quien lo ama se convertirá en pastor que sea capaz de dar vida a las ovejas y dar la vida por las ovejas. En que graves contradicciones caemos los cristianos cuando reducimos nuestra fe a unas cuantas oraciones, a algún rito, a una imagen. Seguir a Cristo implica amarlo y comprometerse con sus ovejas queridas, las más pobres y desvalidas. Defenderlas de toda injusticia y de todo lobo hambriento mentiroso. Luchar porque tengan vida.

El verdadero cristiano no se puede conformar con una devoción tranquila e indiferente frente a las graves injusticias de nuestra sociedad. Debe ser un cristiano que en su ambiente y en su medio, busca la verdad, la justicia y la verdadera paz. El amor a Cristo se manifiesta en el verdadero amor al prójimo. Hoy también a nosotros hasta por tres veces nos pregunta si de verdad lo amamos. Meditemos nuestra respuesta y miremos nuestras acciones y nuestro amor a favor de los hermanos, en especial de los más necesitados. Entonces podremos decirle a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Nuestra respuesta implica que seamos  consecuentes con el Evangelio tanto en nuestra vida interna como externa. El Evangelio de Jesús nos exige coherencia. Por eso hoy nos queda una gran pregunta que debemos responder con nuestra vida: ¿Cómo influye mi amor y mi fe en Jesús, en mi vida diaria, social, familiar y política? Miremos a Jesús Resucitado y experimentemos su presencia que hoy se nos manifiesta en tres signos muy concretos: 1° Nos rescata de nuestros fracasos; 2° Nos comparte el alimento y nos enseña que un pan y un pescado compartidos dan vida y fortalecen la comunidad; y 3° Nos exige  que su amor se concrete en el amor a los hermanos. Su pregunta queda resonando en nuestro corazón y en nuestros oídos: “¿Me amas más que éstos?”

Padre Bueno, que nos has renovado en el espíritu al devolvernos la dignidad de hijos tuyos, concédenos  construir, llenos de júbilo y esperanza, el Reino de tu Hijo y aguardar el día glorioso de la resurrección. Amén.

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2:07:00 a.m.

«Una vida dedicada a sostener la misión de los sacerdotes, que discurrió anclada en su profunda devoción a la Sagrada Familia. Su labor apostólica se desarrolló en Canadá. Es la fundadora de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia»

Su amor a la Sagrada Familia, que denominó «Trinidad de la tierra», junto con la Eucaristía, fue el pedestal sobre el que se alzó la virtud de esta mujer que quiso sostener la vida sacerdotal acompañando en silencio y entregando lo mejor de sí en una cotidiana asistencia a los presbíteros, sin más satisfacción que la de saber que con ello estaba alentándolos en su misión pastoral. Un rasgo, podríamos decir maternal, que no siempre ha sido comprendido por sus congéneres. Ya Juan Pablo II cuando la beatificó en Canadá tuvo que salir al paso de quienes consideraban que con esta acción Marie Leonie empequeñecía a la mujer. No la entendieron. Tal vez no estuvieron al tanto de que ésta fue una decisión emprendida por ella con plena libertad, teniendo claro el objetivo que se proponía. Vino envuelto en un cariz espiritual, lo que significa que no podía ser contestado por nadie. Forma parte de la conciencia y de la voluntad de cada cual responder a Dios en los términos exactos que Él inspira. Pero aquél brillante día 11 de septiembre de 1984, en la ceremonia de beatificación el pontífice aplacó las críticas haciendo notar que el papel desempeñado por Marie Leonie no es el único reservado a una mujer canadiense.

La bautizaron con el nombre de Virginie-Alodie. Nació en el seno de una humilde y creyente familia de L’Acadie, Quebec, Canadá, el 12 de mayo 1840. Persiguiendo un futuro mejor para la familia, su padre, que había intentado sostenerla inútilmente trabajando en un molino, partió a California, como otros hicieron, seducido por la fiebre del oro. Al regresar se encontró con que su pequeña, que había dejado interna con 9 años en el convento de las Hermanas de Notre-Dame en Laprairie, ya formaba parte de la comunidad de las Marianitas de San Lorenzo fundadas por el padre Basile Moreau. Era una adolescente de 14 años. De los seis hijos tenidos por Joseph Paradis y Émilie Grégoire, dos habían fallecido, el resto eran varones, por tanto, ella era la única niña. Joseph, hombre afable y bondadoso, pensó que podría disuadirla. Pero no logró hacerla desistir; tampoco la forzó a hacerlo. Muy segura de lo que quería para su vida, Marie Leonie profesó en 1857 amparada por el fundador a pesar de su frágil salud, y se dedicó a la docencia. Interiormente se sentía llamada a sostener la vida de los sacerdotes. Durante unos años impartió clases en Montreal y en el orfanato San Vicente de Paul de Nueva York.

En 1874 llevó a cabo su misión en el colegio de San José, en Memramcook, New Brunswick, Indiana, al frente del cual se hallaba el padre Camille Lefebvre, de la Santa Cruz. Muchas jóvenes de L’Acadie sin recursos y con dificultades para expresarse en inglés, que desempeñaban labores domésticas, albergaban el deseo de establecer un compromiso religioso. Marie Leonie que había comenzado enseñando francés estaba en condiciones de dar clases de inglés porque ya dominaba la lengua. Pero juzgó conveniente propiciar la apertura de un noviciado francófono en L’Acadie para evitar que las jóvenes tuvieran que ir a Indiana a realizar el noviciado. Su propuesta no fue acogida. Y en 1880 impulsó el Instituto de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia, aún siendo ella todavía religiosa de la Santa Cruz. El objetivo no era otro que colaborar y apoyar a los religiosos de la misma Orden en su labor educativa. Ellos fueron los que ese año de 1880, en su capítulo general, autorizaron a que las integrantes de este nuevo movimiento hiciesen votos privados y bajo el amparo de Marie Leonie actuasen con autonomía. Su labor sería ocuparse de los trabajos domésticos de los colegios de Santa Cruz extendidos por Canadá.

María y José estaban tan fuertemente anclados en su corazón que no se cansaba de decir: «Mi confianza es ilimitada en nuestra buena Madre. Conoce nuestras necesidades y tiene un poder tan grande sobre el corazón de su divino Hijo». Dentro de las advocaciones conferidas a la Virgen ella se inclinaba por Nuestra Señora de los Siete Dolores y Nuestra Señora del Rosario. Respecto al Santo Patriarca igualmente se dejaba llevar por esa devoción sin cota alguna, recurriendo a él en cualquier situación. Para ello peregrinó en distintas ocasiones al santuario de santa Ana. Sencilla, de gran corazón, extrajo su peculiar forma de consagrar su vida a la atención de los sacerdotes de su contemplación de la Eucaristía y de la Sagrada Familia de Nazaret. Humilde, orante, activa, siempre dispuesta a colaborar con generosidad, al igual que María había hecho, fueron claves de su quehacer y fundación. Su lema era: «piedad y dedicación». No dejó de trabajar en ningún instante. Fue una de las características de su vida. Siempre animosa, decía a las suyas: «¡Trabajemos, mis hijas, descansaremos en el cielo!».

Monseñor Paul LaRocque, prelado de Sherbrooke, Québec, precisaba personas de confianza para su seminario y el obispado. Y la beata, que tuvo noticias de ello en 1895, vio la ocasión de trasladar allí la comunidad, siendo acogidas por él en su diócesis. Ese año falleció el padre Lefebvre que había sido sostén de la comunidad. En 1896 obtuvieron la aprobación diocesana. Pero fue pasando el tiempo y Marie Leonie, que continuaba vistiendo el hábito de la Santa Cruz, veía aumentar su anhelo de convertirse en otro miembro más de la Sagrada Familia. En 1905 Pío X le concedió la autorización que precisaba liberándola del compromiso que había contraído con la anterior Congregación. Quedó al frente de la Orden fundada por ella como superiora general dedicándose todas a servir como «auxiliares» y «cooperadoras» domésticas a comunidades de religiosos y de sacerdotes. Fue la artífice de las constituciones, y justamente cuando se disponía a imprimirlas, el 3 de mayo de 1912, murió repentinamente tras la cena. Poco antes había dicho a una enferma: «¡Adiós hasta el cielo!».

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1:46:00 a.m.

(ZENIT – 1 mayo 2019).- En la audiencia general de este miércoles, 30 de abril de 2019, el Papa Francisco recordó que “Dios siempre nos acompaña y hace más ligero el peso de nuestra cruz” después de pedir a Dios que “aleje de nosotros todo tipo de tentación y que sepamos percibir su presencia a nuestro lado en todo momento de nuestra vida”.

La audiencia se celebró en la plaza de San Pedro y el Santo Padre dedicó la catequesis a la penúltima invocación del Padre Nuestro: “No nos dejes caer en la tentación”.

La tentación del maligno

Durante sus palabras en español, el Papa señaló que dicha petición del Padre Nuestro se sitúa en ”el centro del drama entre nuestra libertad y las insidias del maligno”. También subrayó que está claro que es el diablo, y no el Señor, el que nos tienta, el que desea que caigamos cuando somos sometidos a pruebas. “De hecho, Jesús nos revela que Dios se pone junto a nosotros en la lucha contra el mal y, por eso, nos enseña a pedirle que nos ayude a evitarlo y a superarlo”, dijo el Pontífice.

Dios vela por nosotros

El Obispo de Roma se refirió a los momentos en los que Jesús, como nosotros, es sometido a pruebas y tentaciones. Supo superarlas en el desierto, cuando el demonio le tentó, y en Getsemaní, donde demostró su confianza en Dios Padre, a pesar de que sabía que le esperaba la Pasión.

Con respecto a Getsemaní, Francisco ha resaltado que, Jesús pidió a los apóstoles que velaran y oraran junto a Él, pero estos no lo hicieron. Sin embargo, nosotros nunca estamos solos ante las dificultades, Dios está presente: “cuando nosotros somos probados y tentados por el maligno, Él vela y está junto a nosotros”, recalcó el Papa.

Saludo a los hispanohablantes

Finalmente, el Santo Padre envió un saludo “a los peregrinos de lengua española venidos de España y de Latinoamérica, en modo particular a los sacerdotes de la Diócesis de Cartagena, acompañados por su obispo, Mons. José Manuel Lorca Planes”.

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2:06:00 p.m.

miércoles, 1 mayo 2019

INTERNET

Kara (Agencia Fides) – “Es hora de que África desarrolle una verdadera espiritualidad del trabajo. Una espiritualidad arraigada de acuerdo con el plan y la visión que Dios quería para el trabajo y el trabajador”, explica a Fides el padre Donald Zagore, teólogo de la Sociedad de Misiones Africanas de Togo en Costa de Marfil.


Con motivo de la fiesta de San José Obrero, que se celebra en todo el mundo el 1 de mayo, el misionero explica que “si bien es cierto que el trabajo nutre y enriquece, también es cierto que ennoblece y libera pero, sobre todo, glorifica a Dios. El trabajo es un signo de la obediencia del hombre a Dios. En esencia, el Evangelio no nos muestra un modelo de trabajo basado exclusivamente en la riqueza, la eficiencia y la producción”, insiste el padre Zagore, “más bien ofrece un modelo de trabajo basado fundamentalmente en el amor de Dios, del prójimo y de la creación. Es un modelo de trabajo que libera al hombre de la prisión de servidumbre y la explotación de todo tipo y lo devuelve a la dignidad de su ser”. “En una África donde la tasa de desempleo está en aumento, el africano está expuesto y sometido a cualquier forma de explotación. Una de estas formas es la religión a través del llamado Evangelio de la prosperidad, que se presenta como el único modo de enriquecimiento y de éxito social, y que ahora tiende a reemplazar el trabajo en la vida de las personas. Con la lógica del cristianismo de la prosperidad, no hay necesidad de trabajar, solo se necesita poder manipular la religión y explotar a los más débiles para convertirla en una fuente de enriquecimiento sin ningún esfuerzo”.

“Debemos tener el valor de denunciar la opulencia y la riqueza de estos “hombres de Dios” amasadas a través de la religión, mientras los fieles sufren y padecen miseria. Servir a Dios nunca debe entenderse como un empleo lucrativo. El trabajo es una vocación de Dios y cada hombre debe responder a esta vocación en la verdad de su ser”, concluye el padre Zagore.

(DZ/AP) (Agencia Fides 1/5/2019)


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miércoles, 1 mayo 2019

AG

Karachi (Agencia Fides) - Cientos de fieles en Karachi se reunieron en la catedral de San Patricio eb solidaridad con las víctimas de la reciente masacre en Sri Lanka durante el Domingo de Pascua (ver Fides 22/4/2019). “Sentimos el dolor del pueblo de Sri Lanka. Es terrible que otros seres humanos llenos de odio puedan cometer tales atrocidades”, lamentó el cardenal Joseph Cardinal Coutts, arzobispo de Karachi, durante la celebración eucarística organizada por la Comisión Justicia y Paz de Karachi celebrada junto con el clero, religiosos y fieles de la archidiócesis.


Dirigiéndose a los fieles, el cardenal dijo: “A través de nuestra fe, nuestras oraciones y nuestros corazones, estamos en total comunión con este pueblo herido. La iglesia católica en Pakistán tiene una relación cercana con eso en Sri Lanka porque hay muchos misioneros, -incluyendo sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que han servido y sirven en Pakistán para el desarrollo de nuestro país”. El cardenal también destacó el celo y la dedicación de los misioneros de Sri Lanka en los últimos sesenta años. “Han desempeñado un papel muy importante en el campo de la educación, la sanidad y el desarrollo de instituciones profesionales en Pakistán. Además han contribuido enormemente a la promoción y armonía interreligiosa en nuestro país ”.

“Es uno de los ataques más violentos en la historia de Sri Lanka, y debemos permanecer con este pueblo en este momento de luto. Oramos por ellos, no solo por los cristianos sino por la paz y la estabilidad en todo el país”, concluyó el cardenal. En memoria de los muertos en la masacre, durante la celebración el cónsul general de Sri Lanka encendió la primera vela que fue seguida por la del clero, los religiosos, las religiosas y los laicos. Al final de la misa, los fieles de Karachi se reunieron con los sacerdotes, religiosos y laicos de Sri Lanka que prestan su servicio en Pakistán.


Además, el rector de la catedral de San Patricio, el padre Mario Rodrigues, dijo a Fides: “el domingo de Pascua en el que se produjo el ataque en Sri Lanka, el mundo quedó conmocionado por lo sucedido y rezó por el pueblo de Sri Lanka y por la paz en la mundo”.

(AG) (1/5/2019 Agenzia Fides)


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