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5:54:00 a.m.

VATICANO, 01 Ene. 17 (ACI).-
“Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”, afirmó el Papa Francisco este domingo 1 de enero durante la celebración de la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Antes del comienzo de la celebración eucarística, el Santo Padre se acercó hasta la imagen del Niño Jesús, situada junto al altar, y la besó.

En la homilía aseguró que “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el ‘sabor a hogar’. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”.

Para el Papa “las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza”.

Francisco destacó la valentía “de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos”.

“He aprendido mucho de esas madres”, aseguró. “Madres que se dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos”, insistió.

En este sentido, subrayó la importancia de “comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres”, porque “nos protege de la corrosiva enfermedad de ‘la orfandad espiritual’, esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios”.

“Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos”.

Por el contrario, “celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar ‘el clima’, ‘el calor’ que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a ‘consumir y ser consumidos’”.

“Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios”.

El Obispo de Roma puso como ejemplo el comportamiento de María ante el misterio del nacimiento del Hijo de Dios: “María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia”.

Asimismo, resaltó su importancia en la posterior enseñanza de su Hijo: “Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa”.

“En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él”.

“Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad”, señaló.

“María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo”.

El Santo Padre resaltó asimismo que “donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes”.

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TEXTO: Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Solemnidad de María Madre de Dios https://t.co/u7aPABYgEu

— ACI Prensa (@aciprensa) 1 de enero de 2017


5:53:00 a.m.

(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, en el primer día de 2017, Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco reiteró su llamamiento a decir ‘no’ a la violencia y ‘sí’ a la fraternidad, para construir un mundo pacífico. Y lamentando el atentado terrorista perpetrado en Estambul, aseguró su cercanía en la oración a todo el pueblo turco:

«Queridos hermanos y hermanas ¡Feliz Año!

Y el Año será feliz en la medida en que cada uno de nosotros, con la ayuda de Dios, intentará hacer el bien día a día. Así se construye la paz, diciendo ‘no’ – con los hechos – al odio y a la violencia, y ‘sí’ a la fraternidad y a la reconciliación.

Hace 50 años, el Beato Papa Pablo VI comenzó a celebrar en esta fecha la Jornada Mundial de la Paz, para fortalecer el compromiso común de construir un mundo pacífico y fraterno. En el Mensaje de este año he propuesto asumir la no violencia como estilo de una política para la paz.

Lamentablemente, la violencia ha golpeado también la pasada noche de parabienes y de esperanza.

Con profundo color expreso mi cercanía al pueblo turco. Rezo por las numerosas víctimas mortales y los heridos y por toda la nación en luto.

Y pido al Señor que sostenga a todos los hombres de buena voluntad que con valentía se remangan las mangas para afrontar la plaga del terrorismo y esta mancha de sangre que envuelve al mundo con una sombra de miedo y desconcierto.

El Santo Padre agradeció asimismo las numerosas iniciativas de oración y de compromiso en favor de la paz en tantas partes del mundo. Como la que se celebró en Bolonia, promovida por la Conferencia Episcopal Italiana, Caritas, Acción Católica y Pax Christi. Y saludó a los participantes en la manifestación «Paz en todas las tierras», organizada por la Comunidad de San Egidio.

Deseando «a todos un año de paz en la gracia del Señor y con el amparo maternal de María Madre de Dios», el Papa pidió una vez más que se le acompañe con la oración.

(CdM – RV)

(from Vatican Radio)


5:33:00 a.m.

(RV).- “Dios pide a María no solo ser la madre de su Hijo unigénito, sino también de cooperar con el Hijo y por el Hijo en el plan de salvación, para que en ella y a través de ella, humilde sierva, se cumpla las grandes obras de la misericordia divina”, lo dijo el Papa Francisco a los fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro para rezar la oración mariana del Ángelus del primer domingo de enero, en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y Jornada Mundial de la Paz.

En el primer Ángelus del 2017, el Santo Padre recordó la estrecha relación que existe entre la generación de Jesús y ser la madre del Hijo de Dios. “Esta relación no se agota en el hecho de haber generado y en haber sido generado, dijo el Pontífice; Jesús nacido de mujer para una misión de salvación y su madre no está excluida de tal misión, al contrario, está asociada íntimamente”. María es consciente de esto, por lo tanto no se cierra a considerar solo su relación maternal con Jesús, sino permanece abierta y atenta a todos los acontecimientos que suceden a su alrededor: conserva y medita, observa y profundiza, como nos recuerda el Evangelio de hoy, agregó el Papa.

La visita de los pastores, señaló el Obispo de Roma, le ofrece la ocasión para captar algún elemento de la voluntad de Dios que se manifiesta en la presencia de estas personas humildes y pobres. “María sigue atentamente esta visita de los pastores – afirmó el Papa – porque ya entre ve en ellos el movimiento de la salvación que surge de la obra de Jesús, y se adecua para todo pedido del Señor”. Dios pide a María no solo ser la madre de su Hijo unigénito, sino también de cooperar con el Hijo y por el Hijo en el plan de salvación, para que en ella y a través de ella, humilde sierva, se cumpla las grandes obras de la misericordia divina.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)


5:33:00 a.m.

(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, en el primer día de 2017, Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco reiteró su llamamiento a decir ‘no’ a la violencia y ‘sí’ a la fraternidad, para construir un mundo pacífico. Y lamentando el atentado terrorista perpetrado en Estambul, aseguró su cercanía en la oración a todo el pueblo turco:

«Queridos hermanos y hermanas ¡Feliz Año!

Y el Año será feliz en la medida en que cada uno de nosotros, con la ayuda de Dios, intentará hacer el bien día a día. Así se construye la paz, diciendo ‘no’ – con los hechos – al odio y a la violencia, y ‘sí’ a la fraternidad y a la reconciliación.

Hace 50 años, el Beato Papa Pablo VI comenzó a celebrar en esta fecha la Jornada Mundial de la Paz, para fortalecer el compromiso común de construir un mundo pacífico y fraterno. En el Mensaje de este año he propuesto asumir la no violencia como estilo de una política para la paz.

Lamentablemente, la violencia ha golpeado también la pasada noche de parabienes y de esperanza.

Con profundo dolor expreso mi cercanía al pueblo turco. Rezo por las numerosas víctimas mortales y los heridos y por toda la nación en luto.

Y pido al Señor que sostenga a todos los hombres de buena voluntad que con valentía se remangan las mangas para afrontar la plaga del terrorismo y esta mancha de sangre que envuelve al mundo con una sombra de miedo y desconcierto.

El Santo Padre agradeció asimismo las numerosas iniciativas de oración y de compromiso en favor de la paz en tantas partes del mundo. Como la que se celebró en Bolonia, promovida por la Conferencia Episcopal Italiana, Caritas, Acción Católica y Pax Christi. Y saludó a los participantes en la manifestación «Paz en todas las tierras», organizada por la Comunidad de San Egidio.

Deseando «a todos un año de paz en la gracia del Señor y con el amparo maternal de María Madre de Dios», el Papa pidió una vez más que se le acompañe con la oración.

(CdM – RV)


5:29:00 a.m.

VATICANO, 01 Ene. 17 (ACI).-
Este domingo 1 de enero de 2017, el Papa Francisco presidió la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

El Pontífice afirmó que “celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”.

El Santo Padre aseguró que “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el ‘sabor a hogar’. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Santo Padre:

«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días.

Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia.

Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios. En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud.

Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura.

Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar».

Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos.

Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios.

Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios.

Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma.

Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos.

La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión.

La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos».

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos.

Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.

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1 de enero: ¡Feliz Solemnidad de María, Madre de Dios! https://t.co/LqNYUU9mCN

— ACI Prensa (@aciprensa) 1 de enero de 2017


5:29:00 a.m.

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- “El año será bueno en la medida en que cada uno de nosotros, con la ayuda de Dios, buscará de hacer el bien día a día”. Es la ‘predicción’ y más aún la invitación que el santo padre Francisco hizo después de rezar la oración del ángelus ante la plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos.

El Papa precisó que “la paz se construye diciendo ‘no’ –con los hechos– al odio y la violencia, y ‘sí’ a la fraternidad y la reconciliación”.

Recordó que “hace 50 años el beato papa Pablo VI inició a celebrar en esta fecha la Jornada Mundial de la Paz, para reforzar el empeño común de construir un mundo pacífico y fraterno”. Por ello, aseguró el papa Francisco, “en el mensaje de este año he propuesto asumir la no-violencia como un estilo hacia una política de paz”.

Una violencia, añadió, que esta noche de deseo y de esperanza, golpeó con un grave atentado en Estambul. “Estoy cerca con la oración a los difuntos y a sus familiares, a los heridos y a todo el pueblo turco.

El Pontífice quiso también agradecer al presidente de Italia, Sergio Matarella, por los buenos deseos que le dirigió durante su mensaje a la nación, y los devolvió “invocando las bendiciones del Señor al pueblo italiano, para que con la contribución responsable y solidaria de todos, pueda mirar al futuro con confianza y esperanza”.

Expresó también reconocimiento hacia las iniciativas de oración y de empeño por la paz que se realizan en el mundo. En particular señaló la marcha nacional realizada en la ciudad de Bolonia por la Conferencia Episcopal Italiana, Cáritas, Acción Católica y Pax Christi, así como a la manifestación “Paz en todas las tierras” promovida por la Comunidad San Egidio.

Saludó también a todos los presentes en la Plaza, deseándoles un nuevo año feliz y sereno.

Agencia Catolica

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