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4:44:00 a.m.

(RV).- A la hora de la oración del Ángelus del día de Todos los Santos, el Papa Francisco recordó a los fieles presentes en el estadio Swedback de Malmö -donde también celebró la misa- que los católicos formamos parte de una gran familia y les alentó a ser “sal y luz” en las diferentes situaciones de la vida, siguiendo siempre “el estilo de Jesús, y con gran respeto y solidaridad con los hermanos y hermanas de las otras iglesias y comunidades cristianas y con todas las personas de buena voluntad”.

El Obispo de Roma agradeció a todos los que han participado en la preparación y el desarrollo de su visita a Suecia, país donde los cristianos católicos son una pequeña minoría, y les recordó que “en nuestra vida no estamos solos, tenemos siempre el auxilio y la compañía de la Virgen María, que se nos presenta hoy como la primera entre los Santos, la primera discípula del Señor”.

 

Palabras del Papa a la hora del Ángelus

Al terminar esta celebración, deseo agradecer a Mons. Anders Arborelius, Obispo de Estocolmo, sus amables palabras, así como el esfuerzo de las Autoridades y todos los que han participado en la preparación y desarrollo de esta visita.

Saludo cordialmente al Presidente y al Secretario General de la Federación Luterana Mundial, y al Arzobispo de la Iglesia de Suecia. Saludo a los miembros de las delegaciones ecuménicas y del Cuerpo Diplomático presentes para esta ocasión; y a todos los que han deseado unirse a nosotros en esta celebración Eucarística.

Doy gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de venir a esta tierra y encontrarme con ustedes, muchos de los cuales provienen de diversas partes del mundo. Como católicos formamos parte de una gran familia, sostenida por una misma comunión. Los animo a vivir su fe en la oración, en los Sacramentos y en el servicio generoso ante quien tiene necesidad y sufre. Los aliento a ser sal y luz en medio de las circunstancias que les toca vivir, con su modo de ser y actuar, al estilo de Jesús, y con gran respeto y solidaridad con los hermanos y hermanas de las otras iglesias y comunidades cristianas y con todas las personas de buena voluntad.

En nuestra vida no estamos solos, tenemos siempre el auxilio y la compañía de la Virgen María, que se nos presenta hoy como la primera entre los Santos, la primera discípula del Señor. Nos abandonamos a su protección y le presentamos nuestras penas y alegrías, nuestros temores y anhelos. Todo lo ponemos bajo su amparo, con la seguridad de que nos mira y nos cuida con amor de madre.

Queridos hermanos, les pido que no olviden rezar por mí. Yo los tengo también muy presentes en mi oración.

Y ahora saludemos juntos a la Virgen con la oración del Ángelus.

(MZ-RV)


4:25:00 a.m.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y del cristiano

(RV).- En la Solemnidad de Todos los Santos, durante la segunda y última jornada del Viaje Apostólico a Suecia, el Papa celebró la Santa Misa en el  Swedbank Stadion. En su homilía el Obispo de Roma recordó que la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Además, Francisco afirmó que “los santos nos alientan con su vida e intercesión ante Dios”, mientras nosotros, por nuestra parte, “nos necesitamos unos a otros para hacernos santos”. De ahí que el Santo Padre haya invitado a pedir la gracia de acoger con alegría esta llamada para trabajar unidos para llevarla a plenitud.

En sus palabras el Sucesor de Pedro destacó que en esta Solemnidad y con toda la Iglesia, recordamos no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Y añadió que con toda seguridad, entre ellos también hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.

Por tanto – dijo Francisco – celebramos la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar, a pesar de que no siempre sea fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Sin embargo, el Obispo de Roma agregó que hay algo que caracteriza a los santos, y es que que son realmente felices. Sí, porque han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que se anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por esta razón – prosiguió – a los santos se los llama bienaventurados. Porque las bienaventuranzas – explicó el Papa – son su camino, su meta y su patria.

En efecto, el Pontífice se refirió a las bienaventuranzas como el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas, tal como se desprende del Evangelio del día, que relata cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

El Papa Bergoglio concluyó su homilía encomendando a nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto y audio de la homilía del Santo Padre Francisco:

Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.

Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta hacia la patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor.

La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y nos enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas realizaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos.

Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su país, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.

Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos…

Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida.

Queridos hermanos y hermanas, la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Los santos nos alientan con su vida y su intercesión ante Dios, y nosotros nos necesitamos unos a otros para hacernos santos. Ayudadnos a hacernos santos. Juntos pidamos la gracia de acoger con alegría esta llamada y trabajar unidos para llevarla a plenitud.

A nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, le encomendamos nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad.

(from Vatican Radio)


3:56:00 a.m.

(ZENIT – Roma).- En la festividad de Todos los Santos, el papa Francisco presidió este martes la santa misa en el estadio Swedbak de Malmö, en el segundo y último día de su viaje a Suecia. Allí recordó durante su homilía a los miles de fieles reunidos o que le seguían por televisión y los medios de comunicación, que “si hay algo que caracteriza a los santos es que son felices”.

El día de ayer sábado, vio un hecho histórico, la Declaración conjunta católico-luterana, que se añade a un recorrido ecuménico iniciado después del Vaticano II. Así como la ceremonia en la catedral de Lund, con un recíproco ‘mea culpa’ por los 500 años de conflicto. Allí el Papa pidió al Espíritu Santo que conceda la gracia de un nuevo inicio en las relaciones recíprocas.

Hoy domingo el Santo Padre entró en un pequeño vehículo abierto en el estadio donde le esperaban unos diez mil fieles, que le saludaban con entusiasmo mientras filmaban con sus móviles en la mano. El Papa al bajar del vehículo, se acercó y bendijo a varios enfermos en silla de ruedas que allí estaban.

El Kyrie Eleison y el Gloria in Excelsis Deo, fueron entonados por un numeroso coro, así como los cantos que acompañaron la liturgia. El papa Francisco que vestía paramentos color crema y portaba el palio ingresó en la zona donde estaba montado el altar, presidido por un hermoso crucifijo y muchos adornos de flores blancas y amarillas, colores del Vaticano.

Las lecturas fueron en idioma sueco, en cambio la homilía en español. En la misma Francisco recordó que “con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos” incluyendo también “a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta”. Y añadió: “Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos”.

“Pero si hay algo -prosiguió Francisco- que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta, su patria”.

“Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña”y “son el perfil de Cristo y por tanto, lo son del cristiano”, aseguró. Y subrayó de ellas: “la mansedumbre” que “nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros”.

Recordó a santa María Elisabeth Hesselblad y santa Brígida, Brigitta Vadstena, que nacieron en Suecia y trabajaron para estrechar lazos de unidad entre los cristianos, en un país “donde estamos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma”.

Y señaló que hoy se podrían añadir otras bienaventuranzas:
“Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos… Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida”.

El Papa concluyó recordando que la llamada a la santidad es para todos y pidió a “nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos”, que seamos “bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad”.

3:43:00 a.m.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y del cristiano

(RV).- En la Solemnidad de Todos los Santos, durante la segunda y última jornada del Viaje Apostólico a Suecia, el Papa celebró la Santa Misa en el  Swedbank Stadion. En su homilía el Obispo de Roma recordó que la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Además, Francisco afirmó que “los santos nos alientan con su vida e intercesión ante Dios”, mientras nosotros, por nuestra parte, “nos necesitamos unos a otros para hacernos santos”. De ahí que el Santo Padre haya invitado a pedir la gracia de acoger con alegría esta llamada para trabajar unidos para llevarla a plenitud.

En sus palabras el Sucesor de Pedro destacó que en esta Solemnidad y con toda la Iglesia, recordamos no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Y añadió que con toda seguridad, entre ellos también hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.

Por tanto – dijo Francisco – celebramos la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar, a pesar de que no siempre sea fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Sin embargo, el Obispo de Roma agregó que hay algo que caracteriza a los santos, y es que que son realmente felices. Sí, porque han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que se anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por esta razón – prosiguió – a los santos se los llama bienaventurados. Porque las bienaventuranzas – explicó el Papa – son su camino, su meta y su patria.

En efecto, el Pontífice se refirió a las bienaventuranzas como el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas, tal como se desprende del Evangelio del día, que relata cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

El Papa Bergoglio concluyó su homilía encomendando a nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto y audio de la homilía del Santo Padre Francisco:

Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.

Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta, su patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre todas ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor.

La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas rezaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos. Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su País, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.

Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos…

Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida.

Queridos hermanos y hermanas, la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Los santos nos alientan con su vida e intercesión ante Dios, y nosotros nos necesitamos unos a otros para hacernos santos. Juntos pidamos la gracia de acoger con alegría esta llamada y trabajar unidos para llevarla a plenitud.

A nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, le encomendamos nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad.


3:10:00 a.m.

Juntos en la esperanza: testimonios, cantos, oración en Malmö

(RV).- En representación del sufrimiento que se vive en tantas partes del mundo aunando la esperanza, también en lo que se refiere a la importancia del cuidado del medio ambiente, entre los testimonios ofrecidos en el encuentro ecuménico en el Malmö Arena, la voz de Siria, Burundi, Colombia, Sudán del Sur, India.

Mons. Antoine Audo Obispo de Alepo, ciudad símbolo del horror del conflicto sirio y presidente de Caritas Siria.

Marguerite Barankitse, conocida como la “Madre de Burundi”, es la fundadora de “Maison Shalom”, “Casa de la Paz” para ayudar a los huérfanos del conflicto, ofreciéndoles también educación.

Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria, Director de Caritas Colombia, con el eco de los Acuerdos de paz, en esta nación enlutada por cinco décadas.

Suremita Pranita Biswasi, de la India, impulsora de la justicia climática, experta conocedora de las graves repercusiones causadas por el cambio climático

Y la atleta de Sudán del Sur, Rose Lokonyen, que llevó la bandera del Comité Olímpico Internacional (COI), representando al equipo de los refugiados, en la Ceremonia de Inauguración de los Juegos de Río de Janeiro.

Todo lo recaudado, gracias a la venta de las entradas para participar en el evento del Malmö Arena, es para dos proyectos. El de Caritas Internationalis, para la educación de los niños de Alepo, y el del Servicio Mundial de la FLM para los refugiados sirios en Jordania.

Un llamado a la acción conjunta de católicos y luteranos

El 31 de octubre de 2016 quedará marcado en la historia también por la firma de una Declaración Conjunta  entre Caritas Internationalis y el Departamento de Servicio de la Federación Luterana Mundial, para impulsar, desarrollar y consolidar una cultura de la paz y la colaboración, en un mundo fragmentado, promoviendo la dignidad humana y la justicia social y el cuidado de la creación.

Con el Papa Francisco, desde Suecia, Cecilia de Malak – Radio Vaticano

(from Vatican Radio)


2:48:00 a.m.

Juntos en la esperanza: testimonios, cantos, oración en Malmö

(RV).- En representación del sufrimiento que se vive en tantas partes del mundo aunando la esperanza, también en lo que se refiere a la importancia del cuidado del medio ambiente, entre los testimonios ofrecidos en el encuentro ecuménico en el Malmö Arena, la voz de Siria, Burundi, Colombia, Sudán del Sur, India.

Mons. Antoine Audo Obispo de Alepo, ciudad símbolo del horror del conflicto sirio y presidente de Caritas Siria.

Marguerite Barankitse, conocida como la “Madre de Burundi”, es la fundadora de “Maison Shalom”, “Casa de la Paz” para ayudar a los huérfanos del conflicto, ofreciéndoles también educación.

Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria, Director de Caritas Colombia, con el eco de los Acuerdos de paz, en esta nación enlutada por cinco décadas.

Suremita Pranita Biswasi, de la India, impulsora de la justicia climática, experta conocedora de las graves repercusiones causadas por el cambio climático

Y la atleta de Sudán del Sur, Rose Lokonyen, que llevó la bandera del Comité Olímpico Internacional (COI), representando al equipo de los refugiados, en la Ceremonia de Inauguración de los Juegos de Río de Janeiro.

Todo lo recaudado, gracias a la venta de las entradas para participar en el evento del Malmö Arena, es para dos proyectos. El de Caritas Internationalis, para la educación de los niños de Alepo, y el del Servicio Mundial de la FLM para los refugiados sirios en Jordania.

Un llamado a la acción conjunta de católicos y luteranos

El 31 de octubre de 2016 quedará marcado en la historia también por la firma de una Declaración Conjunta  entre Caritas Internationalis y el Departamento de Servicio de la Federación Luterana Mundial, para impulsar, desarrollar y consolidar una cultura de la paz y la colaboración, en un mundo fragmentado, promoviendo la dignidad humana y la justicia social y el cuidado de la creación.

Con el Papa Francisco, desde Suecia, Cecilia de Malak – Radio Vaticano


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