Artículos Recientes

12:12:00 p.m.

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-
El Papa Francisco subrayó que la vida consagrada es un regalo de Dios, “no hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido”, e invitó a ver en ella un “tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”.

El Santo Padre se expresó así en la homilía de la Misa que, con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebró este sábado 1 de febrero en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

En su homilía, el Papa estableció un paralelismo entre los consagrados y Simeón, quien al ver a Jesús niño con sus padres en el Templo “percibió, en la fe, que en Él Dios llevaba a cumplimiento sus promesas. Y entonces, Simeón podía irse en paz: había visto la gracia que vale más que la vida, y no esperaba nada más”.

Francisco explicó que, al igual que Simeón, también los consagrados “sois hombres y mujeres sencillos que habéis visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”.

“Por eso habéis dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia. ¿Por qué lo habéis hecho? Porque os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida”.

La vida consagrada, continuó, “es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: ‘Todo es don, todo es gracia’. Queridos hermanos y hermanas: No hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido”.

En ese sentido, invitó a “saber ver la gracia” recibida en la vocación. “Mirar hacia atrás, releer la propia historia y ver el don fiel de Dios: no sólo en los grandes momentos de la vida, sino también en las fragilidades, en las debilidades, en las miserias”.

Porque “Dios siempre nos ama y se nos da, incluso en nuestras miserias”. “Cuando tenemos la mirada fija en Él, nos abrimos al perdón que nos renueva y somos confirmados por su fidelidad”.

De esa manera, “quien sabe ver ante todo la gracia de Dios descubre el antídoto contra la desconfianza y la mirada mundana”.

En ese sentido, advirtió que “sobre la vida religiosa se cierne esta tentación: tener una mirada mundana”.

Señaló que la mirada mundana “es la mirada que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero. Pero la vida consagrada, cuando no gira más en torno a la gracia de Dios, se repliega en el yo. Pierde impulso, se acomoda, se estanca”.

“No se ve más al Señor en cada cosa, sino sólo al mundo con sus dinámicas, y el corazón se entumece. Así uno se vuelve rutinario y pragmático, mientras dentro aumentan la tristeza y la desconfianza, que acaban en resignación. Esto es a lo que lleva la mirada mundana”.

Por el contrario, “quien tiene la mirada en Jesús aprende a vivir para servir”. “No espera que comiencen los demás, sino que sale a buscar al prójimo, como Simeón que buscaba a Jesús en el templo”.

“En la vida consagrada”, preguntó el Papa, “¿dónde se encuentra al prójimo? En primer lugar, en la propia comunidad. Hay que pedir la gracia de saber buscar a Jesús en los hermanos y en las hermanas que hemos recibido. Es allí donde se comienza a poner en práctica la caridad: en el lugar donde vives, acogiendo a los hermanos y hermanas con sus propias pobrezas, como Simeón acogió a Jesús sencillo y pobre”.

Finalmente, señaló que “los religiosos y las religiosas, hombres y mujeres que viven para imitar a Jesús, están llamados a introducir en el mundo su misma mirada, la mirada de la compasión, la mirada que va en busca de los alejados; que no condena, sino que anima, libera, consuela. La mirada de la compasión”.

11:12:00 a.m.

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-
Con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el Papa Francisco presidió este sábado 1 de febrero la Misa en la Basílica de San Pedro del Vaticano con los miembros del Instituto de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

En su homilía, el Pontífice explicó que, al igual que Simeón, en el Templo, vio en Jesús recién nacido “la gracia que vale más que la vida”, los consagrados han visto en Jesús “el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo”.

“Os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida”.

A continuación, el texto completo de la homilía pronunciada por el Papa Francisco:

«Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Son las palabras de Simeón, que el Evangelio presenta como un hombre sencillo: un «hombre justo y piadoso», dice el texto (v. 25). Pero entre todos los hombres que aquel día estaban en el templo, sólo él vio en Jesús al Salvador.

¿Qué es lo que vio? Un niño, simplemente un niño pequeño y frágil. Pero allí vio la salvación, porque el Espíritu Santo le hizo reconocer en aquel tierno recién nacido «al Mesías del Señor» (v. 26). Tomándolo entre sus brazos percibió, en la fe, que en Él Dios llevaba a cumplimiento sus promesas. Y entonces, Simeón podía irse en paz: había visto la gracia que vale más que la vida (cf. Sal 63,4), y no esperaba nada más.

También vosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados, sois hombres y mujeres sencillos que habéis visto el tesoro que vale más que todas las riquezas del mundo. Por eso habéis dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia. ¿Por qué lo habéis hecho? Porque os habéis enamorado de Jesús, habéis visto todo en Él y, cautivados por su mirada, habéis dejado lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que es importante en la vida.

Es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Eso es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios que se derrama en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: “Todo es don, todo es gracia”. Queridos hermanos y hermanas: No hemos merecido la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido.

Mis ojos han visto a tu Salvador. Son las palabras que repetimos cada noche en Completas. Con ellas concluimos la jornada diciendo: “Señor, mi Salvador eres Tú, mis manos no están vacías, sino llenas de tu gracia”. El punto de partida es saber ver la gracia. Mirar hacia atrás, releer la propia historia y ver el don fiel de Dios: no sólo en los grandes momentos de la vida, sino también en las fragilidades, en las debilidades, en las miserias.

El tentador, el diablo insiste precisamente en nuestras miserias, en nuestras manos vacías: “En tantos años no mejoraste, no hiciste lo que podías, no te dejaron hacer aquello para lo que valías, no fuiste siempre fiel, no fuiste capaz…”.

Nosotros vemos que eso, en parte, es verdad, y vamos detrás de pensamientos y sentimientos que nos desorientan. Y corremos el riesgo de perder la brújula, que es la gratuidad de Dios. Porque Dios siempre nos ama y se nos da, incluso en nuestras miserias. Cuando tenemos la mirada fija en Él, nos abrimos al perdón que nos renueva y somos confirmados por su fidelidad. Hoy podemos preguntarnos: “Yo, ¿hacia quién oriento mi mirada: hacia el Señor o hacia mí mismo?”. Quien sabe ver ante todo la gracia de Dios descubre el antídoto contra la desconfianza y la mirada mundana.

Porque sobre la vida religiosa se cierne esta tentación: tener una mirada mundana. Es la mirada que no ve más la gracia de Dios como protagonista de la vida y va en busca de cualquier sucedáneo: un poco de éxito, un consuelo afectivo, hacer finalmente lo que quiero. Pero la vida consagrada, cuando no gira más en torno a la gracia de Dios, se repliega en el yo. Pierde impulso, se acomoda, se estanca.

Y sabemos qué sucede: se reclaman los propios espacios y los propios derechos, uno se deja arrastrar por habladurías y malicias, se irrita por cada pequeña cosa que no funciona y se entonan las letanías del lamento: sobre los hermanos, las hermanas, la comunidad, la Iglesia, la sociedad.

No se ve más al Señor en cada cosa, sino sólo al mundo con sus dinámicas, y el corazón se entumece. Así uno se vuelve rutinario y pragmático, mientras dentro aumentan la tristeza y la desconfianza, que acaban en resignación. Esto es a lo que lleva la mirada mundana.

Para tener la mirada justa sobre la vida, pidamos saber ver la gracia que Dios nos da a nosotros, como Simeón. El Evangelio repite tres veces que él tenía familiaridad con el Espíritu Santo, que estaba con él, lo inspiraba, lo movía (cf. vv. 25-27). Tenía familiaridad con el Espíritu Santo, con el amor de Dios. La vida consagrada, si se conserva en el amor del Señor, ve la belleza.

Ve que la pobreza no es un esfuerzo titánico, sino una libertad superior, que nos regala a Dios y a los demás como las verdaderas riquezas. Ve que la castidad no es una esterilidad austera, sino el camino para amar sin poseer. Ve que la obediencia no es disciplina, sino la victoria sobre nuestra anarquía, al estilo de Jesús.

En una de las tierras afectadas por los terremotos, hablando de pobreza y de vida comunitaria, había un monasterio benedictino, al norte, y otro monasterio invitó a las religiosas a mudarse donde ellos para vivir en un monasterio. Se quedaron allí poco tiempo, pero no eran felices. Pensaban en el lugar que habían dejado, en la gente de allí, y al final decidieron regresar y hacer un monasterio en dos caravanas. En vez de estar en ese gran monasterio, estaban como las pulgas, allí, todas juntas, pero felices en la pobreza. Esto sucedió en este último año. ¡Cosa bella!

Mis ojos han visto a tu Salvador. Simeón ve a Jesús pequeño, humilde, que ha venido para servir y no para ser servido, y se define a sí mismo como siervo. Dice, en efecto: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz» (v. 29). Quien tiene la mirada en Jesús aprende a vivir para servir.

No espera que comiencen los demás, sino que sale a buscar al prójimo, como Simeón que buscaba a Jesús en el templo. En la vida consagrada, ¿dónde se encuentra al prójimo? En primer lugar, en la propia comunidad. Hay que pedir la gracia de saber buscar a Jesús en los hermanos y en las hermanas que hemos recibido. Es allí donde se comienza a poner en práctica la caridad: en el lugar donde vives, acogiendo a los hermanos y hermanas con sus propias pobrezas, como Simeón acogió a Jesús sencillo y pobre.

Hoy, muchos ven en los demás sólo obstáculos y complicaciones. Se necesitan miradas que busquen al prójimo, que acerquen al que está lejos. Los religiosos y las religiosas, hombres y mujeres que viven para imitar a Jesús, están llamados a introducir en el mundo su misma mirada, la mirada de la compasión, la mirada que va en busca de los alejados; que no condena, sino que anima, libera, consuela. La mirada de la compasión.

Mis ojos han visto a tu Salvador. Los ojos de Simeón han visto la salvación porque la aguardaban (cf. v. 25). Eran ojos que aguardaban, que esperaban. Buscaban la luz y vieron la luz de las naciones (cf. v. 32). Eran ojos envejecidos, pero encendidos de esperanza. La mirada de los consagrados no puede ser más que una mirada de esperanza. Saber esperar. Mirando alrededor, es fácil perder la esperanza: las cosas que no van, la disminución de las vocaciones…

Otra vez se cierne la tentación de la mirada mundana, que anula la esperanza. Pero miremos al Evangelio y veamos a Simeón y Ana: eran ancianos, estaban solos y, sin embargo, no habían perdido la esperanza, porque estaban en contacto con el Señor. Ana «no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día» (v. 37). Este es el secreto: no apartarse del Señor, fuente de la esperanza. Si no miramos cada día al Señor, si no lo adoramos, nos volvemos ciegos.

Queridos hermanos y hermanas: Demos gracias a Dios por el don de la vida consagrada y pidamos una mirada nueva, que sabe ver la gracia, que sabe buscar al prójimo, que sabe esperar. Entonces, también nuestros ojos verán al Salvador.

10:42:00 a.m.

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-

El encuentro que, con el título de “Caridad en la frontera”, se desarrolló del 30 al 31 de enero en Cúcuta, Colombia, con la participación de los obispos de las diócesis fronterizas entre Colombia y Venezuela, ha mostrado “la preocupación del Santo Padre por las situaciones migratorias fronterizas”.

Según un comunicado difundido por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, cuya Sección Migrantes y Refugiados fue la organizadora del evento, la voluntad del Pontífice es “poner en sinergia las actividades caritativas a favor de las personas más débiles y vulnerables en esta región”.

A la reunión asistieron los Nuncios Apostólicos de Colombia y Venezuela, los representantes de las Conferencias Episcopales de Colombia y Venezuela, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), los Obispos de las diócesis fronterizas entre Venezuela y Colombia, los representantes de Cáritas Colombia, Cáritas Venezuela, Caritas Internationalis y la Comisión Católica Internacional de Migraciones.

Según se explica en el comunicado, los temas tratados en las sesiones de trabajo fueron “los desafíos pastorales planteados por los enormes flujos de movilidad humana entre los dos países, particularmente visibles en las zonas fronterizas”, y las “posibles colaboraciones interdiocesanas transnacionales que podrían fomentar una mayor efectividad de los esfuerzos realizados hasta el momento”.

“Los obispos que asistieron, compartieron los resultados de las respuestas caritativas que se han activado en sus diócesis, que es una manifestación concreta del amor maternal de la Iglesia por todos sus hijos”, se indica en el comunicado.

La reunión terminó con un compromiso adquirido por parte de todos los participantes para implicarse en la ayuda espiritual y material a los migrantes y a las comunidades locales en situación de vulnerabilidad.

7:42:00 a.m.

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-
El Papa Francisco aprobó el nombramiento del Cardenal Fernando Filoni, Gran Maestro de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, como miembro de la Congregación para las Causas de los Santos.

También nombró al P. Szczepan Tadeusz Praśkiewicz, profesor de Espiritualidad Mariana y Teología Dogmática, Relator de dicha Congregación en la que, hasta hora, desempeñaba el cargo de Consultor.

Asimismo, nombró Consultores de la Congregación al P. Mario Torcivia, profesor de Teología Espiritual; a Alberto Royo Mejía, profesor de Derecho Canónico, y al Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Antonianum, Mary Melone.

La Congregación para las Causas de los Santos es el Dicasterio encargado de preparar la documentación necesaria para proponer nuevos ejemplos de santidad. Tras aprobar los resultados de las investigaciones sobre milagros, martirio y virtudes heroicas, el Papa procede a aprobar los decretos que permiten la beatificación o canonización de los Siervos de Dios.

En la actualidad, el Prefecto del Dicasterio es el Cardenal Angelo Becciu.

6:42:00 a.m.

VATICANO, 01 Feb. 20 (ACI Prensa).-
El Papa Francisco subrayó la necesidad de desarrollar una nueva cultura sanitaria que ponga el acento en la persona sin mirar “al componente económico-financiero” y que contribuya a “humanizar la medicina y la realidad hospitalaria y sanitaria”.

El Santo Padre recibió este sábado 1 de febrero en el Vaticano a trabajadores, directivos y personal sanitario (médicos y enfermeros) del grupo sanitario italiano Villa Maria, activo desde hace 40 años, y que ha traspasado las fronteras italianas ofreciendo servicios sanitarios en otros países.

En su discurso, el Pontífice dijo que “el enfermo no es un número, es una persona que necesita humanidad”.

Puso de relieve “la evolución tecnológica y los cambios de naturaleza social, económica y política” que “han cambiado el tejido sobre el que se sustenta la vida de los hospitales y de las estructuras sanitarias”.

Esa evolución y esos cambios es lo que justifica “la necesidad de una nueva cultura, especialmente en la preparación técnica y moral de los trabajadores sanitarios en todos los niveles”.

“Acudir al encuentro de las exigencias de los pacientes y de sus familias, obligados, con frecuencia, a migrar a centros especializados alejados de su propio territorio” es una de las prioridades del Grupo Villa Maria que el Papa citó como ejemplo de ese cambio cultural.

“El compromiso por ampliar el área de acción con la adquisición o la creación de nuevas estructuras y la ampliación de las infraestructuras denota la voluntad de garantizar el equipo de trabajo y las comodidades necesarias para la dignidad de los enfermos y su curación”.

En ese sentido, el Papa pidió que los lugares de atención sanitaria “sean casas de acogida y confort, donde el enfermo encuentre amistad, comprensión, gentileza y caridad”.

“Con ese propósito, es necesario estimular la colaboración de todos, para satisfacer las necesidades del enfermo con espíritu de servicio y actitud de generosidad y de sensibilidad. Para alcanzar esos objetivos, es necesario no dejarse absorber por ‘sistemas’ que sólo miran el componente económico-financiero, sino actuar con un estilo de proximidad a la persona, para poder asistirla con calor humano frente a las ansiedades que la afligen en los momentos más críticos de la enfermedad”.

A aquellos trabajadores sanitarios que tengan fe cristiana, el Papa los invitó “a desarrollar su servicio en el espíritu de las palabras de Jesús: ‘Todo lo que hagáis a uno de estos de mis hermanos más pequeños, me lo hacéis a mí’”.

En esas palabras “se encuentra el fundamento evangélico del servicio al prójimo. Así, los enfermos y los que sufren se convierten, para quien tiene fe, en presencia de Cristo, el Hijo de Dios, venido para sanar y curar, asumiendo en sí nuestra fragilidad, nuestra debilidad”.

“Hacerse cargo del hermano que sufre significará, en este sentido, hacer sitio al Señor. De los lugares de curación y de dolor nos llega también un mensaje de vida para todos; una gran lección que ninguna cátedra puede impartir. El hombre que sufre, de hecho, comprende más las necesidades y el valor del don divino de la redención y de la fe, y ayuda también a todos los que se encuentran a su lado a apreciar y recibir tal don”.

El Papa Francisco finalizó su discurso invocando del Señor “los dones de la paciencia y de la confianza, junto a la capacidad de ser siempre dóciles a la voluntad de Dios”.

2:22:00 a.m.

«Théophane aprendió a sublimar lo ordinario para convertirlo en extraordinario. Fue por ello un referente inequívoco para Teresa de Lisieux. Ella vio en el joven una persona sin aparente brillantez que, sin embargo, conquistó la santidad»

Las alas de la indecisión son los miedos. Los santos las cercenan. A la doctora de la infancia espiritual, Teresa de Lisieux, que se había propuesto sobrenaturalizar lo ordinario adentrándose con paso firme en este sendero de la perfección, le impactó sobremanera el gesto valiente de un niño que a sus 9 años tuvo claro que quería ser mártir, determinación que llevó hasta el final. Era Théophane, cuya festividad celebra la Iglesia junto a la de otros santos y beatos en este día de la Presentación del Señor. Y lo que especialmente llamó la atención de la santa al leer su vida, fue que, a diferencia de Luís Gonzaga -cuya trayectoria también conocía-, que había sido un prodigio de virtud, Théophane encarnaba a esa persona que sin brillantez especial alguna, al menos en apariencia, alcanza la santidad. Se sentía identificada con él y quiso emularle partiendo a las misiones. No pudiendo marchar, en su clausura se ofreció por estos misioneros.

Théophane nació en Saint-Loup-sur-Thouet, Francia, el 21 de febrero de 1829. De familia creyente, que le acompañó espiritualmente y apoyó en su vocación, a esa edad en la que los niños hacen de los juegos su principal ocupación, él ya centraba sus ojos escrutadores en todo lo que tuviera que ver con la fe. En particular le conmovían las noticias que los «Anales de la Propagación de la Fe» traían de las misiones, mientras pastoreaba un rebaño junto a su hermana Melania. Su tierna psicología no quedó dañada por los crueles martirios que conocía a través de este medio. Por el contrario, insufló en su ánimo el deseo de derramar su sangre por Cristo: «¡Yo también quiero ir a Tonkín, yo también quiero ser un mártir!». Tras una primera etapa académica, ingresó en el seminario de Montmorillon y prosiguió estudios en el seminario mayor de Poitiers. Luego se incardinó en la Sociedad de Misiones Extranjeras de París con la venia se su obispo y la previa autorización de su padre, que, aún con dolor, no dudó en desprenderse del hijo al que amaba de forma singular, prestándole incondicional apoyo: «Si sientes la llamada de Dios, cosa que no dudo, obedece sin vacilar. ¡Que nada te retenga! ni siquiera la idea de dejar a un padre afligido».

En esa época Théophane había cambiado radicalmente. Cuando era colegial no estaba adornado de un carácter modélico; más bien cedía a la contrariedad fácilmente predominando en ciertos momentos su tendencia a la ira, al tiempo que exhibía alguna forma de rudeza en los gestos. La oscilación que sufría su conducta ponía de manifiesto una falta de madurez, y ello, unido a su facilidad para la réplica, suscitaba la preocupación del profesorado que le reconvenía. Luego, él mismo se percató de la urgencia de su conversión. Se habituó a rezar el rosario completo, hacía oración, se extremaba en la entrega cotidiana, y fue dando pasos hacia la perfección sin apenas darse cuenta.

La muerte de su madre, que se produjo cuando tenía 13 años, lo encontró dispuesto a afrontar con fortaleza esa difícil separación: «Revistámonos del escudo de la fe en esta ocasión; recurramos a la religión, pues ella sola puede consolarnos en nuestras penas… Y creo poder aseguraros que nuestra buena madre está en el cielo». Parecían las palabras de una persona adulta más que de un adolescente. Ello muestra el paso espiritual que había dado. Después, en el seminario se había caracterizado, sobre todo, por su alegría: «Es menester ánimo en la vida». «A pesar de todo: ¡Viva la alegría!».

 En el Seminario de Misiones Extranjeras de París le encomendaron la schola, donde disfrutaba del canto gregoriano por el que sentía predilección. Cuando estaba a punto de ser ordenado enfermó. Encomendándose a la Virgen superó un trance que había estado revestido de cierta seriedad, pero dejó su organismo minado para siempre. En 1851 recibió el sacerdocio, y al año siguiente se embarcó a Hong Kong. En 1854 se hallaba en su ansiado destino: Tonkín, lugar que consideraba «el camino más corto para ir al cielo». Antes de llegar ya sabía que su vida corría peligro. Durante seis años desarrolló su misión apostólica en la sombra, en medio de numerosos contratiempos, sin tener una morada fija, y soportando problemas de salud, como un asma persistente que le agotaba. El estudio de la lengua se le hacía cuesta arriba y así lo reconocía, pero sabía que era un instrumento necesario para poder evangelizar. Incluso tradujo dos libros del Nuevo Testamento.

Era una persona realista y valerosa, que dio pruebas de una fortaleza poco común cuando después de ser capturado a finales de noviembre de 1860 quedó apresado en una minúscula y opresiva jaula de bambú. En ella fue conducido a Hanoi donde fue condenado a muerte. Se liberó de tan inhumano encierro cuando fue ajusticiado. Dos largos e intensos meses que le sirvieron para trazar en la historia esas líneas magistrales de la santidad que rubrican la grandeza de un ser humano, contrapunto también a la barbarie de otros congéneres. Lejos de esta esclavitud atrozmente impuesta, cada día conquistaba palmo a palmo esa morada que le aguardaba en la vida eterna. Llevaba a cabo una apasionada labor evangelizadora, y en ella incluía una correspondencia epistolar de gran riqueza. Teresa de Lisieux, al conocerla, dedicó su oración a las misiones.

Gozosamente aguardó su muerte creyendo que un solo golpe certero bastaría para cercenar el último eslabón que le separaba de la gloria, y así lo comunicó por carta a su padre: «Un ligero sablazo separará mi cabeza, como una flor primaveral que coge el dueño del jardín para su agrado». Se equivocó. El 2 de febrero de 1861 después de negarse a pisotear la cruz de Cristo, un guardia beodo tuvo que asestarle nada menos que cinco golpes de espada para consumar la decapitación. Pío X lo beatificó el 2 de mayo de 1909, y Juan Pablo II lo canonizó el 19 de junio de 1988.

La entrada San Jean-Théophane Vénard, 2 de febrero se publicó primero en ZENIT - Espanol.

Agencia Catolica

Forma de Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets