Monseñor Felipe Arizmendi: “Uniones, no matrimonios homosexuales”

Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano, ofrece su reflexión semanal, titulada “Uniones, no matrimonios homosexuales”.

En ella, el próximo cardenal, habla sobre el gran revuelo causado por las palabras del Papa Francisco en el documental Francesco sobre la dignidad de las personas homosexuales.

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Gran revuelo han causado unas frases del Papa Francisco, divulgadas en un documental del cineasta Evgeny Afineevsky, como si con ellas aprobara la agenda homosexual y cambiara la doctrina tradicional de la Iglesia. Estas son sus palabras: “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en la familia. Son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de la familia a nadie, ni hacerle la vida imposible por eso. Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil. Tienen derecho a estar cubiertos legalmente. Yo defendí eso”.

En ningún momento habló de un derecho a casarse, a formar una familia adoptando niños; mucho menos a un matrimonio religioso, ni siquiera civil. Dijo: “Tienen derecho a estar en la familia… a una familia… No se puede echar de la familia a nadie, ni hacerle la vida imposible por eso”. Esto no es algo contrario a la ley de Dios, ni la Iglesia ha exigido a los padres de un homosexual que lo despidan del hogar. Hacerlo, sería una ofensa a Dios. Como hijos de Dios, los homosexuales son personas a quienes sus padres y toda la sociedad deben atender, como a los demás. Esto no significa avalar las conductas homosexuales.

Sin embargo, la Congregación para la Doctrina de la Fe, entonces presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger, emitió un documento el 3 de junio de 2003 en que se afirma: “El respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual, ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad… Conceder el sufragio del propio voto a un texto legislativo tan nocivo del bien común, es un acto gravemente inmoral”.

Esperamos que este asunto se aclare más, pero lo que el Papa mencionó es lo que algunos hemos sostenido varias veces en reuniones con legisladores y autoridades civiles. No estamos de acuerdo en que se aprueben civilmente los llamados matrimonios entre personas del mismo sexo, porque no son matrimonios; pero sí es conveniente que haya leyes que protejan derechos de personas tanto del mismo como de diferente sexo que conviven, sin estar casados, como el derecho a heredar, a la asistencia sanitaria, a prestaciones laborales, etc. Estas leyes serían no sólo para homosexuales, sino para personas incluso de diferente sexo, no casadas, que deciden compartir su vida y sus bienes. Proponer que se protejan esos derechos, no es legitimar uniones homosexuales. El Estado debe proteger derechos de todos los ciudadanos.

PENSAR

El Papa Francisco, en su Exhortación Amoris laetitia, fijó su postura, que no ha cambiado: “Nadie puede pensar que debilitar a la familia como sociedad natural fundada en el matrimonio es algo que favorece a la sociedad. Ocurre lo contrario: perjudica la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos… Sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad… Las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo no pueden equipararse sin más al matrimonio. Ninguna unión precaria o cerrada a la comunicación de la vida nos asegura el futuro de la sociedad” (52).

Y en cuanto a “los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. Es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre personas del mismo sexo” (251).

La doctrina de la Iglesia, que el Papa Francisco no modifica, está claramente expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica: “La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (Cf. Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación  en  ningún  caso” (2357).

“Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor  las    dificultades  que  pueden  encontrar  a  causa  de  su  condición” (2358).

“Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (2359).

ACTUAR

Mantengámonos firmes en nuestra fe, y sepamos discernir lo que se difunde en los medios informativos. El matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer que se aman, que están abiertos a la vida y que se comprometen a ser uno para el otro durante toda la vida. Las personas homosexuales son hijos de Dios y deben ser amados como Dios los ama, pero nunca se podrán aprobar los actos homosexuales, pues son intrínsecamente desordenados.

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