Respirar en la Iglesia y con la Iglesia- Al camino neocatecumenal, el Papa le recuerda que todo carisma es para la comunión

Cuando se vive el
carisma como una gracia de Dios para hacer crecer la comunión, «se respira en
la Iglesia y con la Iglesia». Lo recordó Francisco a los siete mil miembros del
Camino neocatecumenal, a quienes recibió en audiencia en viernes 18 de marzo
por la mañana, en el aula Pablo VI.

Durante la
audiencia, el Papa, con el gesto de la entrega del crucifijo, ha enviado en
misión a trescientas familias, que darán vida a
cincuenta y seis nuevas missio ad gentes en treinta países de los
cinco continentes.

«Os doy las
gracias, en mi nombre, y también en nombre de toda la Iglesia —dijo Francisco
dirigiéndose a los misioneros que están a punto de partir— por este gesto de
ir, ir hacia lo desconocido y también a sufrir. Porque habrá sufrimiento, pero
también la alegría de la gloria de Dios, la gloria que está en la cruz».

En su discurso, el
Papa confió al camino tres palabras claves para la misión: unidad, gloria
y mundo. Y recordando que la última
oración de Jesús antes de su pasión fue para la comunión en la Iglesia, alertó
contra la tentación de considerarse «buenos, quizás mejores que los demás»,
alimentando así los juicios, las cerrazones y las divisiones. «Todo carisma es
una gracia de Dios para aumentar la comunión» reiteró. Sin embargo, agregó, «el
carisma puede deteriorarse cuando nos cerramos o nos jactamos, cuando deseamos
distinguirnos de los demás». De ahí la invitación a custodiarlo siguiendo la
«vía maestra» de la «unidad humilde y obediente». La Iglesia —explicó — «no es
una herramienta para nosotros», ni «una organización que busca adeptos, o un
grupo que va adelante siguiendo la lógica de sus ideas». Más bien es «una madre
que transmite la vida recibida de Jesús»; y «esta fecundidad se expresa a
través del ministerio y la guía de los pastores».

A continuación, el
Pontífice invitó a huir de la «gloria mundana», que «se manifiesta cuando se es
importante, admirado, cuando se tiene bienes y éxito». La verdadera gloria, sin
embargo, «se revela en la cruz: es el amor que brilla allí y se extiende». Se
trata de «una gloria paradójica: sin fragor, sin ganancia y sin aplausos»; y
«sólo esta gloria hace fecundo el Evangelio».

Finalmente
Francisco recordó que «a Dios no le atrae la mundanidad, de hecho, la detesta;
pero ama al mundo que ha creado, y ama a sus hijos en el mundo». Y dirigiéndose
a los misioneros concluyó: «No va a ser fácil para vosotros la vida en países
lejanos, en otras culturas, no os será fácil. Pero es vuestra misión. Y esto lo
hacéis por amor, por amor a la madre Iglesia, a la unidad de esta madre
fecunda; lo hacéis para que la Iglesia sea madre y fecunda».


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